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Entrevista a Laudelino Sánchez, 88 años. Puebla de Lillo, 7 de septiembre de 2011-09-10

Cuando estalló la guerra, hubo tres o cuatro días que no se sabía nada. Nosotros teníamos la concesión de correos en Lillo, teníamos la exclusiva de correos. Los de la junta mandaron a mi hermano Teodoro, que tenía diecisiete años, en bicicleta, a informarse a Boñar. Allí ya le dieron un litro de aceite de ricino. En septiembre fue el primer ataque. Empezaron los fusilamientos, como los de dos hermanos que cantaban muy bien, los tuvieron cantando toda la tarde y los liquidaron por la noche. Uno llevaba los pantalones de la guardia civil. Los chicos vimos cómo los fusilaban y los enterraban.

En la cima de la torre había un lanzabombas de madera.

Aquí días antes del Movimiento paraba mucho en casa a comer el teniente Emilio, de Asalto, que después huyó de León, marchó para Portugal pero la policía portuguesa lo entregó y lo mataron el mismo día con otros catorce. En León mataron a la cúpula del Frente Popular, al presidente del Frente Popular, Félix Sampedro.

Aquí la maniobra final de la guerra fue cuando los envolvieron [a los republicanos] subiendo por las cumbres, los rodearon por Barbadillo, que fue uno de este pueblo, de Lillo, quien les mostró el paso. Aquí como frente no hubo mucho. Yo me acuerdo de lo de la Peña del Águila, allí los moros caían como chinos. En Peña del Águila hubo mucho lío. Y en el pico Cueto, en donde fue la mayor batalla, allí no estuvieron los navarros. Y en Peña Agujas también hubo lucha. Yo tenía catorce años. Hasta el ataque de mayo del 37 sólo hubo tiros aislados. Cuando llegó la artillería el 15 de mayo, de cada cien bombazos que mandaban explotaban 20. Los de la mehala de Gómara entraron en el pueblo cuando cayó el frente, en octubre del 37, yo estaba delante de mi casa. El jefe de la mehala descendía de Redipollos, estaba medio sordo. En Tarna un moro violó a una mujer, y lo fusilaron delante de todos para dar ejemplo.

Los republicanos tenían tres batallones en cada puerto, el que mandaba era Silvino Morán. Pero no tuvieron nada que hacer, aquello fue traición todo. Y otras cosas. Cuando empezó la ofensiva nacional sobre el puerto de Tarna, el resposable republicana llama a Mieres y la telefonista le dice que espere que tiene prioridad la llamada de los civiles, que son los pagan.

El tabor de regulares estaba en Boñar. Una Compañía de Asalto de Gijón estaba en el pico Cueto. A la gente de Cofiñal los evacuaron el día de San Marcos, el 25 de marzo. En la carretera tenían una batería de artillería del 12 o 14. En Cerecedo, una casilla de camineros estaba repleta de moros. Fueron quienes mataron al dueño de un bar.

Los cuerpos de los muertos de la batalla de mayo del 37 se guardaban en la cochera de mi padre, yo recuerdo haber contado unos cuarenta un día que entré allí. La centuria de Falange estaba al mando de un militar, Álvarez Cristo.

Estábamos escuchando la radio en el salón, eran las 10 de la noche cuando entraron; venían de Boñar; escuchamos los primeros cañonazos, era el 14 de mayo de 1937.

Muñoz Grandes dirigía una división y media de Navarra y tercios de requetés.

También me acuerdo muy bien cuando un avión italiano hizo un aterrizaje forzoso cerca del cuartel de la guardia civil. Lo habían alcanzado en el radiador. El piloto era un sargento canario. Era un caza de los italianos del aeródromo de la Virgen del Camino en León.

Eso de que Tarna lo quemaron los rojos era una mentira. En la casa del Cónsul se veía el impacto de una bomba que abría en V, era evidente que lo bombardearon los nacionales.

Antes de la guerra en Lillo no había comunistas, había republicanos de Azaña y de la Unión Republicana de Gordón Ordás. Socialista sólo había un vecino con carnet. Los falangistas venían de Boñar. Aquí mataron a todos los soldados republicanos que se entregaron al caer el frente. Pasearon a unos cuantos. También los falangistas asesinaron al maestro de Valdecastillo. Mataron mucha gente. Como el falalngista aquel que trabajaba en los almacenes Los Prados de León, que le metió el tiro de gracia a uno, eso me lo contó el que que excavó la tumba, que todavía le partieron las piernas al cadáver para que entrara en la fosa, y le robaron las botas.

El general Aranda estuvo aquí, en Lillo, yo lo ví. El teniente coronel Ceano dirigía una columna que pasó por aquí, camino de la Ferrerina por un camino antiguo de carro.

Mi hermano hizo la guerra con la República, se entregó en Villamanín, a un coronel que los llevó directamente a San Marcos a León, y se libró por eso. Aún así le cayeron siete años y doce más por haber participado en la fuga del fuerte de San Cristóbal en Pamplona.

Tras la guerra se hizo dinero con el negocio de la ferralla, que había unos gallegos en Boñar que mandaban vagones llenos a Bilbao.

Dos vecinos de Lillo, que eran primos, Pepe Cristo y Manolo, se pasaron una temporada en el cueto de Castiltejón, excavando para ver si encontraban el vellocino de oro que dejaron los moros; sería por los años 34 o 35, pero no encontraron nada.

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